10 de julio de 2026

Cincuenta y cinco veces crítico

TE · Tecnología y Educación¿Cómo se enseña y evalúa lo que la IA no hace bien —juicio, criterio, colaboración, sentido— y que será el núcleo de la productividad marginal humana?

El Plan de Estudios 2022 de la SEP usa la palabra crítico o crítica 55 veces (Rivera Loera y Camacho Sandoval, 2026). El pensamiento crítico es uno de los siete ejes articuladores del currículo de educación básica mexicana, junto con inclusión, interculturalidad crítica e igualdad de género.

Cincuenta y cinco veces crítico

La intención curricular está ahí, declarada con insistencia. Lo que todavía falta construir es la infraestructura para medir si esa intención se cumple.

El mercado ya puso precio al criterio

La evidencia sobre qué recompensa el mercado laboral cambió de dirección hace una década. Deming (2017) documentó, con datos de 1980 a 2012, que el crecimiento de empleo y salario fue más fuerte en trabajos que combinan alto nivel cognitivo con alto nivel de habilidad social: coordinación, negociación, juicio en equipo. Los empleos intensivos en matemática pero pobres en interacción social —el perfil STEM clásico— perdieron participación en el mercado laboral estadounidense en el mismo período.

El aumento de diez percentiles en intensidad de habilidad social se asocia con una ganancia salarial relativa de 6.15% entre 1980 y 2012 (Deming, 2017).

El Foro Económico Mundial confirma la tendencia con datos de 2025: el pensamiento analítico es la habilidad central más citada por empleadores, con siete de cada diez empresas considerándola esencial, seguida de resiliencia y flexibilidad, liderazgo e influencia social. El pensamiento creativo ocupa el cuarto lugar. Ninguna de las cinco habilidades principales que reportan los empleadores es una habilidad técnica.

Esto conecta directo con el argumento que desarrollamos en "Una escalera cada vez más corta": el trabajo de entrada que la IA generativa automatiza primero —redactar, sintetizar, clasificar, programar de forma rutinaria— era también el que enseñaba criterio a través de la práctica situada. Si esa formación ya no ocurre en el primer empleo, la escuela queda como el espacio estructurado que le resta a la sociedad para desarrollarla antes de que el trabajador llegue al mercado.

Lo que la IA no resuelve bien, con evidencia

Afirmar que el juicio y la colaboración son precisamente lo que los sistemas de IA todavía no automatizan bien no es una intuición.

Una revisión de 2026 sobre evaluación de modelos de lenguaje describe una categoría específica de tareas que llama "mal definidas": aquellas donde los criterios de éxito son ambiguos, dependen del contexto y admiten múltiples soluciones válidas en lugar de una respuesta correcta. Los propios autores documentan que no existe todavía un estándar aceptado para medir el desempeño de un modelo en ese tipo de tarea, precisamente porque requiere interpretación y juicio, no sólo precisión (arXiv, 2026).

Esa limitación aparece de forma concreta en contextos educativos. Un estudio publicado en 2025 evaluó la capacidad de modelos de lenguaje para clasificar respuestas abiertas de estudiantes —el tipo de respuesta donde el pensamiento crítico se manifiesta, no en una opción de examen— y encontró que los modelos cometen errores sistemáticos frente a respuestas ambiguas o novedosas, apoyándose en señales superficiales del texto en lugar de comprensión contextual profunda. Los propios autores concluyen que la supervisión humana sigue siendo indispensable en ese tipo de evaluación (ScienceDirect, 2025).

El tipo de juicio que ejerce un docente al leer un argumento estudiantil ambiguo, y decidir si refleja pensamiento propio o repetición, sigue siendo con la evidencia técnica disponible hoy una tarea que el modelo no resuelve solo. Eso hace más urgente que existan personas formadas para hacerlo.

La distancia entre pedirlo y medirlo

En 2022, PISA evaluó por primera vez la capacidad de pensamiento creativo de estudiantes de 15 años en 64 países, definida como la competencia de generar, evaluar y mejorar ideas originales. México obtuvo 29 de 60 puntos posibles, por debajo del promedio OCDE de 33. El dato aislado sugiere un problema de nivel.

El dato relativo cuenta otra historia. Ajustando por el desempeño en matemáticas, México estuvo entre el grupo de países —junto con Chile, Australia, Costa Rica y Canadá— cuyos estudiantes obtuvieron más de 4.5 puntos por encima de lo esperado en pensamiento creativo (OECD, 2024). Hay más capacidad instalada de la que el currículo formal, medido en matemáticas, predeciría. El cuello de botella no es únicamente la habilidad del estudiante: es que 2022 fue la primera vez que alguien intentó medir esto a escala internacional, con rúbricas de calificación diseñadas para tareas sin una única respuesta correcta.

Evaluar juicio, colaboración o sentido crítico es metodológicamente distinto a evaluar una respuesta correcta en matemáticas. Requiere rúbricas, formación docente específica y tiempo de calificación que no compite bien contra un examen de opción múltiple.

El precedente regional: una década midiendo esto

México no es el primer país de la región que intenta resolver esta distancia, ni PISA 2022 fue el primer intento internacional de medirla.

En 2015, PISA incorporó por primera vez la "resolución colaborativa de problemas" como dominio de evaluación, combinando colaboración y pensamiento crítico en una sola categoría aplicada a jóvenes de 53 países. El antecedente es revelador: la categoría no surgió de un consenso académico espontáneo, sino de un proyecto de investigación —ATC21S, con respaldo de Cisco, Intel y Microsoft— que documentó que la evaluación educativa internacional simplemente no tenía todavía una forma de medir eso, y trabajó durante años para que la OCDE la incorporara (Fundación Ceibal, 2018).

Uruguay ofrece el comparador regional más cercano y también el más cauteloso. El Plan Ceibal, con más de una década de operación y con las "4 C" —colaboración, comunicación, creatividad y pensamiento crítico— nombradas explícitamente como objetivo curricular, logró resultados positivos en acceso a dispositivos y en pruebas de inglés. Sobre aprendizaje de matemáticas y lectura, la evaluación documentó un efecto nulo, atribuido específicamente a que la capacitación docente fue opcional y no homogénea entre escuelas (Melo, Machado y Miranda, 2014, citado en Universidad de Chile). Es el mismo patrón que documentamos para México con Mi Compu.MX en "La brecha digital en México no es de acceso": el dispositivo llega, la meta curricular se declara, y lo que determina el resultado es si el maestro fue formado para lo que se le pidió enseñar.

Ninguna referencia internacional le resuelve el problema a México. Pero establecen algo útil: la distancia entre nombrar una habilidad en el currículo y construir la capacidad docente para desarrollarla y evaluarla no es un problema exclusivamente mexicano, ni nuevo, ni sin precedentes de los que aprender.

Lo que el marco normativo ya autoriza

El Plan de Estudios 2022 no solo nombra el pensamiento crítico como eje: también reorienta formalmente la evaluación. La evaluación formativa —centrada en retroalimentación y análisis del proceso, no en la calificación numérica final— es el modelo que la Nueva Escuela Mexicana promueve como práctica oficial (SEP, 2023). Existen ya ejemplos documentados de instrumentos aplicables: debates evaluados por rúbrica que valoran uso de argumentos y postura crítica, autoevaluación comparada con la evaluación docente, observación narrativa del trabajo colaborativo.

El marco normativo autoriza y hasta exige esto. Lo que no está resuelto es la brecha entre la norma y la práctica sistemática en el aula: cuántos docentes fueron formados para aplicar estas rúbricas con consistencia, qué tan comparables son los resultados entre escuelas, y si existe algún mecanismo —estatal o federal— que agregue esa información más allá del salón individual.

Lo que hace falta definir

México tiene un currículo que nombra el criterio como objetivo explícito, un discurso de evaluación formativa alineado con esa meta, y evidencia de que sus estudiantes tienen más capacidad de pensamiento creativo de la que el modelo tradicional predeciría. Tiene, al mismo tiempo, una sola medición internacional de referencia —tomada en 2022, sobre una muestra de adolescentes de 15 años— y ningún mecanismo público conocido para dar seguimiento sistemático a cómo se enseña y evalúa el juicio dentro del aula mexicana, escuela por escuela, año con año.

El currículo mexicano valora el criterio: 55 veces. Resta entender si la infraestructura de formación docente y evaluación para que esa declaración se traduzca en una habilidad medible, comparable y desarrollada de manera consistente antes de que los estudiantes lleguen a un mercado laboral que ya empezó a exigirla y que, según documentamos en la Práctica de Trabajo, tiene cada vez menos espacio para enseñarla después.


Fuentes

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